Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  Historias verdaderas.

Invierno de 1960. La lluvia arreciaba desde hacía tres días la costa sureña. Desde Quilmes la sudestada producía daños enormes en las localidades cercanas y las evacuaciones de los pobladores ribereños eran urgidas por las autoridades de Prefectura y Defensa civil por el avance de las aguas. Además, sus alojamientos eran construcciones precarias, de chapas, cartones y algunos bloques huecos, que estaban apenas apoyadas sobre el suelo de tierra, sin contrapisos, ni encadenados, ni vigas, corrían graves riesgos de ser arrasados por la crecida, el derrumbe y la destrucción, era lo menos.

Muy pocos, hombres jóvenes con hijos y animales domésticos, resistieron sobre los techos, más bien sobre los tirantes, con algunos enseres, por temor al saqueo, durante las primeras 24 horas. Cuando advirtieron que la situación era inexorable, se rindieron, ante la crecida que superaba en la pleamar en más de 3 metros los límites máximos fijados por los expertos. Anticipaban los pronósticos, que el mal tiempo y la orientación del viento continuarían.
Consintieron a regañadientes su traslado. No querían alejarse de sus viviendas y sus pobres, extremadamente pobres pertenencias.

Para los vecinos de los barrios próximos las consecuencias serían iguales o peores, porque el avance de las aguas había invadido los pozos negros y contaminado las fuentes y depósitos de aguas de consumo, con los consiguientes riesgos de infecciones y sus consecuencias.
Así las escuelas, el Parque Sarmiento y los clubes próximos, Leales y Pampeanos y otros, recibieron a las víctimas. Las fuerzas de seguridad proveían su apoyo.

En el subsuelo de la Facultad de Medicina de Buenos Aires sobre la calle José Evaristo Uriburu, bajo la entrada, había un local del Centro de estudiantes. Donde concurrían Mauri Slato, Goyo, Ricardo, Alicia, Hilda, Nora, León Roberto, Pocholo que lo presidía y El entre tantos otros. Además, contaban con local propio sobre Avenida Corrientes, donde funciona hoy el Centro Cultural Rojas, producto de una donación dirigida al Círculo Médico Argentino y Centro de Estudiantes de Medicina. Por iniciativa de Mauri se constituyó una Comisión de ayuda a los damnificados, que concluyó por coordinar el mismo, consistente en auxilio médico para asistir las emergencias. Colaborarían todos los que quisieran donar parte de su tiempo, con el único requerimiento de estar cursando 4° año de la carrera. A los hospitales zonales se derivarían sólo aquellos que presentaran situaciones de mayor complejidad que lo ameritaran. La inscripción, así como el reconocimiento de los lugares de albergue, los coordinaba El telefónicamente. La solidaridad se puso una vez màs de manifiesto, los voluntarios se contaban por centenares, los medicamentos recogidos aunque sin clasificar, por numerosas bolsas. Aunque los refugios eran múltiples la cobertura era suficiente. Pero, el mal tiempo seguía y con ello la demanda de ayuda se multiplicaba. Toda la situación se agravaba.

A las 72 horas de haberse iniciado el operativo, en el citado local, eran los mismos los que estaban en la cobertura. Habían comido, pero estaban sin descanso, ni higiene apropiada. Fue cuando siendo más de las 22 horas, Mauri decide aprovechar el auto de Jorge para dirigirse con El hacia la zona del desastre. Rápidamente llegaron al Puente Pueyrredón y luego ya en Avellaneda, a la derecha bajaron por Belgrano hacia la Escuela Normal, que está al comenzar la anterior. Había demasiadas personas provenientes de áreas alejadas, Villa Corina, Solano, Dock Sud, etc. A El que se dormía de pie, lo dejaron sobre unos bancos largos, de los que se utilizaban para el comedor de la escuela, que estaban cubiertos por unas mantas, dormido y vestido.

Era aún temprano, desconocía la hora, aunque había amanecido, cuando El sintió que le besaban. No alcanzó a reconocer quién lo había hecho, por la tenue luz que llegaba de los pasillos al lugar, a través de los vidrios, sólo veía entresueños que era una mujer delgada de buzo oscuro con gorro de lana de color semejante. Estaba aparentemente en una oficina del colegio, relativamente grande, de más de 3 metros por lado, con muebles en los laterales. La otra sorpresa la tuvo al ver que no había dormido solo, porque a ambos lados, sobre bancos idénticos a los suyos, había dos cabelleras femeninas, muy arropadas, una morena y otra rubia. Lenta y silenciosamente para evitar despertar a sus acompañantes, se incorporó. No fue tan simple desentumecer las articulaciones, a pesar que El por entonces apenas superaba los 22 años. Es que la cama era muy dura.

Se orientó hacia la puerta más próxima y salió en busca de alguien, de los que allí pernoctaban huyendo de las aguas, de sus custodios y de las personas a cargo. La recepción al encontrarse fue agradable y entre el mate cocido y algunas galletas pasó el desayuno. Su curiosidad lo llevó a preguntar cuántos y quiénes estaban. La descripción de una de las maestras del lugar fue exhaustiva. No había urgencias, excepto una lesión supurada producto de una carie que avanzó sobre el maxilar, sólo tenía un gran dolor mitigado con calmantes y una enorme hinchazón, por el edema. Al pasar una mujer vestida de pantalones y buzo oscuros con gorro de lana le pareció recordar la imagen que en la penumbra había visto. Cuando el relato de su interlocutora se interrumpió, preguntó quién era, le dijeron que era la Sra. de ... Con la duda aún latente, sobre el porqué y si había sido real o soñado, inició alguna tarea en las que podía ser útil. La Sra. mencionada tenía influencia sobre el resto y participaba activamente en las actividades. Al observarla de cerca su presunción se acrecentó, era su visitante. Además, supo que sus compañeras de sueño eran voluntarias, estudiantes de la carrera de obstetricia, Hebe y Yolanda.

El, trabajó todo ese día en el lugar. Había logrado drenar la fístula al paciente citado, dejado una mecha y le había indicado antibióticos para ayudar a cohibir la infección y reiterado los calmantes. Por la tarde en cuanto llegaron las primeras sombras de la noche, llegó Hilda a buscarlo y juntos retornaron.

Mediados de la década del 90. Estaba revisando papeles antiguos, agendas y apuntes de clases, cuando entre ellos apareció un nombre y apellido, que llamó su atención. Vivía en la calle Manuel Ocantos en la curva de Crucecita, Avellaneda. Era posible que el mismo tuviera alguna razón de ser, algún significado. Su deformación profesional le ayudó, (era un investigador que había pasado dos tercios de su vida, buscando personas, pacientes afectados por epidemias) y lo acercó a las fuentes más simples. Guías telefónicas. Inició las llamadas a familiares, que permanecían en el lugar. Sin duda estaba en la pista de alguien. Sucesivas llamadas le fueron aproximando a una hermana de aquella Sra. del buzo oscuro. De allí consiguió un teléfono. Todas la dudas imaginables se hicieron de pronto presentes. Cómo tomaría su intromisión. Por otra parte el desconocimiento de su vida, de sus avatares, era absoluto. Pero la curiosidad pudo más y avanzó. Al llamar le atendió una hija, que indicó que su madre estaba circunstancialmente en Misiones, realizando un descanso- vacación-tratamiento o cura en un centro médico. Y agregó, pero si Ud. quiere puede hablarle. Esto era lo anhelado, lo que había esperado desde el principio de la búsqueda, pero inimaginable. Estaría sola? reflexionó. No fueron pocas las resistencias personales que debió vencer. Por fin se atrevió. Sus dudas era cómo se presentaría. Al hacerlo y preguntar por la Sra.... le respondieron cortésmente que aguardara, que no sabían si estaría disponible, porque --- podía estar en la pileta de natación o descansando en un "solarium". Al los pocos instantes El escuchó una voz, que obviamente no reconoció. Que respondía afirmativamente confirmando quién era. No podía creerlo. Luego de algunas explicaciones, con la sorpresa mediante, que ella recordaba luego como enorme, acordaron en conversar a su regreso. Aún no se conocían personalmente, habían transcurrido más de 30 años y no sabían nada el uno del otro.

Antes del mes convinieron en reunirse, la Sra.... propuso que fuera en su casa, en Olivos. Lo recibió una cachorra siberiana gris muy juguetona y a los pocos instantes, ella. Delgada, de talla poco más que media, cabello rubio, casi platinado, corto, muy corto, rosada de tez, ojos muy claros, diáfanos, expresivos, rasgos bonitos, con un dejo al hablar singular, que la haría reconocible entre muchas, vestida con un buzo claro y pantalón al tono. Aún era hermosa, muy hermosa. No era factible relacionarla con la Sra. de polera obscura de entonces, porque aquella imagen se había desdibujado. Le recibió con sus hijos, la atenta informante y el varón. Nunca hablaron en privado ni ante ellos, de aquél beso. Tampoco después.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los aņos.
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