Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nē 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  Vigilante-ladrķn, 1943.

Los chicos se habían propuesto jugar como otras tantas veces vigilante-ladrón. El día nublado, lluvioso, persistente, constante lo ameritaba. Los lugares elegidos al igual que siempre eran los espacios habitualmente abiertos, el hall de entrada, de Bolívar entre Venezuela y Méjico, números pares.

Los participantes eran aproximadamente diez. Como siempre habían decidido ser policías Pepe, secundado por su hermano menor, Pocho, Jorge el hermano de Isabel y el gordo Luis. Los "chorros" eran Oscar Raffaroni, el flaco, Tito, Pestaña, Josesito y Jorge Mario (al que descubrían fácilmente como en las escondidas por el silbido y los ruidos que hacía al respirar). Todos "armados hasta los dientes" con armas caseras, enormes pistolas, construidas por ellos.

Todo comenzó cuando Pestaña y Josesito interrumpieron insólitamente el juego por los quejidos y llantos que escucharon en el lugar donde se habían refugiado. (El hall de una de esas enormes casa parceladas). Regresaron al grupo, angustiados, a los gritos transmitiendo entre interjecciones, su preocupación, que soliviantaron sobremanera a los restantes. Largo rato estuvieron discutiendo los pasos a seguir.

El miedo, el temor, el pesimismo, los abrumaba y los había invadido a todos. Más aún cuando Josesito y Pestaña coincidían en su relato pormenorizado en enfatizar la gravedad de los hechos.

Todo hacía pensar lo peor. Aturullados como estaban, todas las hipótesis eran válidas.

Hasta que acertó a pasar por el lugar de los conciliábulos Tito, el enorme cabo de policía que habitualmente estaba de control a la salida de la escuela de Belgrano (aún angosta) y Bolívar. Ante el alboroto, como los conocía, se detuvo. Todos querían decirle, contarle, pero simultáneamente. Esto le hacía imposible comprenderles, hasta que con su mano en alto impuso silencio.

---¿Qué sucede?, preguntó. El flaco se adelantó a explicarle los hechos referidos por el Pestaña y Josesito, sin dejar de agregar que era posible que algo grave aconteciera porque era un sitio habitualmente cerrado, sin moradores conocidos. A coro los restantes confirmaron sus dichos y añadían los suyos y sus hipótesis al unísono. Hasta que Tito dijo: ---Aguarden, vamos a ver. Y se encaminó al lugar. Los chiquilines, aún con recelo se acercaron. Se escuchaban desde lejos voces y tenuemente otros sonidos, que se confundían con los ruidos externos más cercanos a ellos.

El cabo con su enormidad se volvió y su cara habitualmente rubicunda había cambiado a pálida, por la escasa luz, se escapaba la tarde, el cansancio o la hora. Ansiosos, escucharon que les decía, vayamos a la comisaría, la 2°, distante una cuadra, sobre Bolívar antes de llegar a Chile (años después se trasladó a Perú casi San Juan). Intercambiaron una mirada entre todos y decidieron acompañarle, pero Tito los disuadió. ---Solo vengan ustedes y señaló a Josesito, el Pestaña y el flaco. En el camino se les agregó Eugenio el hermano mayor de Pestaña.

Llegados a la sala de guardia, Tito los hizo esperar. La tarde se había consumido, llegaba la noche, era invierno y la hora de cenar, hacer los deberes, prepararse para el día siguiente. La ansiedad crecía en los chicos y el susto por lo acontecido también. A esto se sumaba la ansiedad personal de cada uno ante los suyos. No se sentaron. En minutos apareció un joven oficial junto a Tito que observándolos desde un mostrador muy alto, al que se accedía por un escalón, que les preguntó: ---Qué pasó? Nuevamente se escuchó el relato conocido, reiterado por todos, junto con las hipótesis personales de cada uno y algo nuevo: ---No fue una sola vez que se percibieron los ruidos.

Los uniformados se miraron entre si y desaparecieron nuevamente. Otra espera, hasta que regresaron acompañados por otro oficial, más viejo que les dijo: ---Vayan, que enseguida irá un grupo a investigar. Los chiquilines satisfechos se volvieron. Al llegar debieron dar noticias a los otros de lo sucedido, que debían aguardar. Pero la curiosidad les generaba escozor, les horadaba el cerebro, les impedía moverse del lugar. Sólo unos pocos retornaron a sus casas.

Cuando tuvieron noción de la proximidad de los dos oficiales, se prepararon a observar y escuchar. Naturalmente en gran silencio, Josesito y Pestaña al frente y el resto merodeando alrededor. La atención de todos, esforzándose por escuchar no dio resultado. No se percibía sonido alguno. Hasta que uno de ellos el mayor de los policías dijo: ---Dónde está el encargado?

Uno de los chicos le indicó el lugar, el departamento 1. Hacia allí avanzaron todos. Los recibió una señora de unos cincuenta años, rolliza de mediana talla, con ruleros, vestida con un vestido azul oscuro, más que vestido parecía una funda, tan ajustado como un matambre, en chancletas. Gritaba como si fuera sorda o pensara que sus interlocutores lo fueran, hablaba a borbotones, quizá por la sorpresa, que les hizo esperar mientras buscaba una llave.

Con ella al frente como una tromba o una topadora, fueron hasta la puerta de marras. Golpearon apenas y sin esperar tan solo segundos, la señora introdujo la llave en la cerradura e ingresaron. Los recibió la oscuridad más cerrada. La Sra. gorda ignoraba dónde estaban las llaves de luz, hasta que uno de los oficiales con la ayuda de un encendedor halló una. Todo el espacio físico estaba sorprendentemente tapizado, repleto de equipos de radio desarmados y a medio armar.

Los investigadores se consultaron con la mirada, para avanzar el mayor hacia los ambientes contiguos. Allí sobre una mesa había una radio, sin su caja, encendida a media voz, que hacía escuchar un vals:...

Un pañuelo gris que cuelga del cielo, parece la niebla que cubre el Riachuelo, Los barcos vigilan la enorme ribera como centinelas a través de un velo, y el río mensajero que pasa y se va llega cantarino trayendo nostalgias, en la canzoneta del viejo marino que tal vez suspira, en esta canción pensando en la dicha que lejos le espera. ...

Y a continuación el locutor Julio César Barton, anunciaba:---Continuamos escuchando la radionovela de Juan Carlos Chiappe, "Lucía de La ribera" con Betty Laurenz, Héctor Miranda y Audón López en el papel del "negro" Faustino. Con Uds. los actores...

Todos quedaron boquiabiertos, patidifusos, sobre todo los chicos que no sabían cómo huir, dónde refugiarse. La gorda exultante, aunque molesta por la situación y el consumo de luz, lucía su rostro enorme, enmarcado por los ruleros, más rojo que antes. Su vestido azul oscuro se encojía hacia arriba por los rollos y ella tironeaba hacia debajo de los costados. Sólo quedaron el flaco mimetizado con los trastos en la penumbra, Josesito y Jorge el hermano de Isabel, para poner la cara, seria, ceñida, avergonzada, ante los oficiales.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los aņos.
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