Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  1961, el viento sudeste.

El viento sudeste, frío, arreciaba en intensidad y batía con violencia las viejas y gruesas paredes del antiguo hospital de Clínicas *, originalmente blanqueadas, pero ahora grises por el tiempo y el hollín. Tapizadas por tramos, por pintadas políticas, avisos publicitarios y afiches diversos. Desde varias horas antes presagiaba lluvia. Corría fieramente desde avenida Córdoba por José Evaristo Uriburu como en un túnel.

Antes hasta el final del siglo XIX, se denominaba Hospital Buenos Aires. José Evaristo Uriburu era Ombú. Por entonces enfrente, estaba la Facultad de Medicina, que conservaba y aún mantiene en el frontispicio, la reproducción de una obra del maestro del barroco holandés, Rembrandt van Rijn, "Lección de anatomía", donde luego fue ubicada la sede de la actual Facultad de Ciencias Económicas

La temperatura de fines de otoño, inferior a los 10 º C, daba por momentos, por el viento una sensación menor. Era casi noche y la obscuridad avanzaba impetuosamente invadiendo la calle, tan solo iluminada con las tenues luces de la mitad de cuadra y las esquinas, que se bamboleaban. Con lo cual esparcían sombras a diestro y siniestro, haciendo más difícil el desplazamiento de todos. Para peor las luces de los automotores que avanzaban por ella daban sólo destellos intermitentes. Volaban papeles y las hojas de los árboles que producían a su paso por el suelo ruidos de lijas que le raspaban. Las pésimas pegatinas de los afiches electorales, realizadas de apuro, (habría elecciones universitarias en poco tiempo), eran puestas a prueba y desprendidas golpeteaban.

En la acera opuesta de Uriburu, se alzaba el enorme edificio del nuevo hospital de Clínicas (el Hospital Escuela General San Martín) iniciado por el 1950 y aún no estaba totalmente concluido, con sus enormes entrepisos, escaleras mecánicas, sus numerosas baterías de ascensores y formidables adelantos, que permanecía a oscuras.

Que insólitamente obviaron el servicio de agua corriente, de la planta principal y los subsuelos, por lo que para satisfacer el requisito, un caño de 4 o 5 pulgadas de hierro cruzaba la calzada. Esto obligaba a los automotores a frenar abruptamente, sin aviso, porque no había ninguna señalización, con los consabidos topetazos. Peor era el destino de los motociclistas y bicicletas.

A pesar de la hostilidad del clima, el ir y venir de los estudiantes de las facultades próximas y los transeúntes habituales, vecinos, era incesante. Farragosamente todos, se desplazaban en ambos sentidos, entrechocándose, con la vocinglería habitual de los jóvenes, que se expresan a los gritos. A medida que avanzaba la hora, menguaba el trajinar de aquellos.

Desde el Café Paulista *, de Córdoba casi esquina Pasteur, donde había estado desde las primeras horas de la tarde con varios compañeros de estudios, el flaco encaminaba sus pasos hacia la Facultad. Estaba en la etapa del repaso grupal y era imprescindible exponer y demostrarse cada uno, cuánto sabía, cuánto había aprendido.

Pretendía averiguar allá, si habían colocado las listas de exámen de higiene, que estaba por rendir en la semana siguiente. Lo hacía solo, un poco para despabilarse y otro para estirar las piernas.

* Era el mejor iluminado y menos bullicioso de la zona. El Paulista de Córdoba casi esquina Pueyrredón, era muy oscuro. En Córdoba y Azcuénaga, estaba el café "Los claveles" que además de las reducidas dimensiones, tenía grupos de estudiantes fijos, que no dejaban lugar para los nuevos. Recién "El record" de Santa Fe y Pueyrredón, podía ser equivalente, en comodidades en su subsuelo, porque en la superficie aún estaban sus billares y la barahúnda que armaban los jugadores era insoportable.

A poco de andar, entre quienes venían en dirección opuesta a unos diez o quince pasos, con el destello de las luces de un vehículo, creyó descubrirla. Era ella, la misma con quien compartiera el invierno anterior, la implementación de los auxilios a los pobladores damnificados, en aquellos días aciagos de las inundaciones de la ribera sur y de las zonas contiguas, desde el local del Centro de estudiantes.

Hasta que se enfrentaron.

Al ---¿hola, qué decís, de uno, respondió ella: ¿Hola,---y un gesto singular, muy propio, ...como ensayado. Con sus enormes ojos verdes, muy abiertos y su pequeña sonrisa tan elocuente.

Protegiéndose del frío inesperado, del viento y la tierra, que llegaba como en remolinos, sin preámbulos y con la excusa de evitar el chubasco, ambos acordaron compartir un café.

Ni sabían sus nombres, ni los recordaban, ni lo necesitaban, pero desde aquel entonces, algo les evocaba los momentos de tensión compartidos durante casi 72 horas y las enormes responsabilidades asumidas.

Se tomaron de la mano y un poco a la carrera, a saltitos, sorteando a unos y a otros, con pases de tauromaquia, llegaron a la avenida cercana, que cruzaron igual, ni bien el tránsito se lo permitió, hasta el Café de los Estudiantes, junto al quiosco de Mario*.

* MarioLasansky, era un personaje muy querido. Era quiosquero, se hizo librero. Como Elso Dos Santos, que lo hacía en una mesa de del Café. Muchos debíamos agradecerle a ambos, los libros que nos facilitaban a unos y otros, por días antes de los exámenes, sin pedir retribución.

Como siempre estaba repleto, sin embargo lograron al fondo un lugar, cerca de los baños. Los enormes espejos colocados a 45°muy altos, le daban apariencia de estar más abigarradamente lleno. A pesar del ruido contiguo, se podían escuchar los primeros truenos. Se iniciaba la tormenta eléctrica.

La ansiedad de ambos por la sorpresa del encuentro, hizo que antes de iniciar una conversación se detuvieran por breves instantes, sólo en mirarse, en constatar si eran los mismos. Sobre todo luego que ella pasó por el "toilette". Esperaban en tanto que Manolo*, el "gallego" les acercara los cafés.

* Acerca de Manolo. Los estudiantes por meses y algunos por años, ignoraron buena parte de los pedidos que Manolo formulaba al mostrador. Por lo cerrado de su lenguaje, casi encriptado, gallego. Descifrar el significado de "cubris" fue arduo, peliagudo. Al final pudieron entender que aludía a los manteles que se colocaban por encima de otros, más amplios.

Sin darse cuenta habían vuelto a unir sus manos. Aún no había aflorado la necesidad de conocer sus nombres. Para el flaco esto no era una novedad, a lo largo de su vida, ni el nombre o el sobre nombre, fueron tenidos en cuenta por sus amigos o compañeros de estudios. Sólo flaco, con afecto, en alusión a su delgadez.

Recién iniciada la charla, entrecortada por los ruidos contiguos, supo que ella terminaba el ingreso. Maestra, oriunda de una localidad situada al oeste a 100 km. de la capital, vivía con otras estudiantes en una pensión. Su nombre era Esther y tenía sólo 20 años. Alta, de más de 1,70 m. no debía sobrepasar los 56 kg. y una figura estilizada, vestía un pull-over de lana, tejido a mano, con cuello alto, de color jaspeado sobre tonos grises y blancos, que cubría con un saco corto, no entallado, de lanilla, color azul marino, con abrigo interior y cierre con hebillas metálicas doradas, pollera de tono semejante al saco, que apenas cubría las rodillas, medias finas claras y zapatos negros cerrados con tacos finos agudos.

Muy blanca, sus cabellos castaños oscuros enmarcaban con una melena ligeramente ondulada, que no superaba el cuello, un rostro ovalado hermoso. Descendía de italianos en tercera generación, tenía rasgos finos, sus ojos verdes eran muy bonitos y expresivos, nariz recta y boca con un mohín simpático, agradable y un mentón firme, que denotaba adónde quería llegar. Extrañamente no usaba ningún adorno o alhaja. En su sencilla apariencia era una belleza, con un andar singular. Pero delgada, muy flaca.

La charla siguió tanto como la lluvia, que se instaló a poco de haber concluido ambos el café. Las cuitas recíprocas los mostraba libres, con expectativas inmensas, recíprocas, en sus respectivos futuros.

La urdimbre de sueños comunes comenzó a tejerse y el deslumbre, fue la cristalización. Cayeron enamorados. Esta realidad era el todo, el primero, el de los sueños y los fantasmas. Desde entonces fueron uno. Habían hallado el correlato en el otro. Con el platonismo de la época. Sin embargo la ausencia de genitalidad no importaba, al contrario, acrecentaba el valor de sus sentimientos. El amor lo superaba todo, los hacía felices en extremo, amar y sentirse amados, el temblor de las esperas.

No les intoxicaba la frecuentación, no los emborrachaba. Que hacían cuanto podían sobre todo cerca de la pensión de ella, en el café de Corrientes y Paraná. Pero también en otros, cuando concluía el trabajo de ambos y las horas de estudio. Disfrutaban del transferir lo propio, para hacer crecer al otro.

Lo malo para los amigos, fue designarlos, preguntar por ellos, para todos estos fue complejo, decir la flaca y el flaco, no era fácil. Pero fue.

El verano siguiente debieron separarse temporalmente. Ella en su pueblo. Hasta que él llegó. Luego de vivir la dura experiencia de ser observado y examinado con minuciosidad, por todos cuantos vecinos se asomaron "casualmente" a verle desde la parada del ómnibus.

La casa era baja de una planta, con puerta de madera y vidrios en dos tercios superiores, con cortinas tejidas detrás, con banderola arriba. Sobre la derecha dos balcones muy grandes, con rejas y persianas, que estaban cerradas. Le recibió su padre, que con una sonrisa muy dulce le invitó a entrar. Era un hombre, de media talla, con algún kilo demás. Calvo, apenas unos cabellos canosos, en los laterales y atrás. Vestía una camisa blanca, con el cuello abierto, desprendido el botón superior. Tenía unos pantalones grises, que sostenía con anchos tiradores. Llevaba calzado negro y en uno de sus pies un zapato ortopédico. En el vano de la puerta interior, esperaba ella, con una blusa clara y una pollera obscura y chinelas. Recién cuando su padre le miró se acercó. Este la tomó de su antebrazo y con gran suavidad la aproximó. La tomó entonces del hombro, como a el flaco y les preguntó: ----Se van a saludar? Los temores de ambos los llevó a rozarse los labios. Fue entonces que él los abrazó a ellos con un afecto enorme y enseguida le propuso al visitante que les acompañara a cenar. Algo que aquél turbado aceptó. También le sugirió que pasara por un hotel cercano para reservar una habitación para la noche. Ella se apresuró a decirle que le acompañaría. Pero su padre le pidió que antes buscara a su madre, para presentarles. En un santiamén estuvo de regreso con ella que resultó una mujer canosa con anteojos de grueso marco, ligeramente encorvada.

En los meses siguientes tras el retorno de ambos a sus ocupaciones habituales súbitamente supieron de una crisis cardíaca del padre, del viaje de Esther al pueblo. De los desencuentros, debía acompañar como hija menor a su madre. Del alejamiento, hasta concluir por no verse.

A principios del 90, Coco Rodríguez, se cruzó circunstancialmente en el Tortoni con el flaco. Celebraron el encuentro, después de tantos años, con un café.

Luego de vagabundear por medicina y aprobar las básicas, se empantanó con anatomía patológica y quedó ambulando como crónico. Luego decidió retornar "al pueblo" como le decía. Sus padres le habían dejado campos y de ellos vivía.

Conocía al flaco desde hacía más de treinta años, desde que hiciera el ingreso, junto a la flaca Esther, que era del mismo pueblo. El comentario inmediato fue:--- Sabías que la flaca falleció. El silencio de ambos, fue extenso. Las únicas palabras que se escaparon al flaco fueron: ---De qué?. ---Un cáncer de mama, respondió Coco, y siguió, ---hace unas semanas. Cambiar de conversación fue mérito de Coco, que insistía en reunirse pronto, para continuar el diálogo, en su departamento de Primera Junta, que estaba cerca le decía, a una cuadra del subte. El flaco enmudeció. Con dificultad en el pecho, para respirar, sentía que se quebraba, estaba punto de exponer su dolor, como una quemazón intensa, como un líquido corrosivo sobre su cuerpo, un sollozo, unas lágrimas brotaron y le humedecieron las mucosas. La represión interna y el parpadeo impidió que rodaran. Se había roto y concluido el momento mágico, más trascendente de su vida.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los años.
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