Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nº 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  M.E.

Como era costumbre al salir de la Escuela, avanzaron hasta el estacionamiento. Una vez que hubieron abordado el automóvil, mientras El le ponía en marcha y esperaba que calentase el motor, muy brevemente, porque a fines de noviembre en Buenos Aires, a media tarde, las temperaturas medias son mayores de los 25° C. y en la playa de estacionamiento a la intemperie, seguramente era muy superior, comenzaron a desplazarse muy lentamente hacia la salida de Paraguay para girar en José Evaristo Uriburu, ex Ombú y dirigirse al norte.

Se habían aproximado, hermanado, por haber vivido pérdidas afectivas muy importantes que los llevó al mutuo duelo. El acercamiento podía haber sido objeto de comentarios, comidillas y hasta de censuras, por la condición de ambos, pero al observarse las recíprocas actitudes se constataba que las mismas no incluían retóricas que indicaran conductas equívocas. Sólo era, cuanto se veía o podía verse.

Ese día el diálogo dejó de lado las diferencias que suscita la situación docente-alumna y las dificultades que alarmaban y hasta angustiaban a todos los compañeros de ME, para la preparación y el desarrollo de las monografías y se abrió a la confidencia recíproca, con referencia a las situaciones personales que ambos vivían.

La de El era asaz diferente. Calamitosa, por la sucesión de fracasos afectivos. La última había culminado tras su viaje a Europa, hacía menos del año. La distancia y el regreso no había mejorado el deterioro de su relación, al contrario la rispidez habitual se había acrecentado. No quedaba más que un camino, difícil pero inequívoco, la separación. Una nueva y eran ... Hacia el final del mismo, lo imposible, volver a empezar. No servían los pomposos reconocimientos, títulos o múltiples aptitudes de El, sus "entretelas" se habían deshilachado, una vez más y esto era real.

ME en cambio, tenía esperanzas, no explícitas, pero aún soñaba. Estaba y no lo estaba, sosteniendo una relación, que la convencía a medias. No era el amor que anhelaba, pero existía algo que sin exornos, con dudas, con enormes dudas, estaba en su presente. Era en general una mujer bonita. Agraciada, con una tez entre dorado y rosado, con poco y nada de maquillaje, que no necesitaba, con rasgos delicados, que enmarcaba su rostro con una melenita de cabello castaño claro, casi rubio, con claritos, como se usaban por entonces. Su mirada la destacaba, resplandecía. Tenía un brillo particular que denotaba sus estados de ánimo. De talla media y peso proporcional, su figura era fina, atractiva. Quizá su mayor encanto era escucharla hablar, con mohines distintos y un tic, que concluía por morderse el labio inferior.

ME, comenzó: --Y tus cosas?
El, con la convicción del fracaso y la ausencia de retorno, del nuevo fracaso, algo que mostraba en sus gestos, que se endurecieron por el tono del diálogo, sus cejas hirsutas, desprolijas, se arqueban más y un pliegue de pesar tensaba su frente, respondió:--- Peor.
ME: ---¿Qué harás?.
El: ---Buscar dónde ir, no se en principio dónde. Buscaré.
ME: ---Quizá si pelearas?
El:---No es el tiempo. Todo eso pasó, todo ha terminado.

Esto dicho con la certeza de saber que habían desaparecido los afectos, los imprescindibles afectos que conllevan en el amor al respeto, sólo quedaba lo físico, que no satisfacía a nadie.

El:---Y tus cosas cómo andan?
ME:---Bien.
El reiteró: ---No, tus cosas con Pepe, cómo andan?
ME: ---Bueno sin definir.

Habían llegado a Las Heras y esperaban el semáforo para girar a la izquierda, las calles a ésa hora se ponían lentas, pesadas. Seguían camino a casa de ME.

ME:---Reafirmó---Bien, sin novedades.
El: ---No es bueno.

Ninguno se atrevía a desviar el diálogo hacia ellos mismos. ME quería ayudarlo, lo decían sus miradas, miradas que El sabía leer, pero no quería entender, porque temía comprender otra cosa. Se interponía la rigidez del tema instalado entre ellos. Los silencios eran expresivos, las respuestas no fluían rápidamente. Mientras se acercaban a Plaza Italia, El inició unas palabras que más bien parecían pensamientos dichos en voz alta. Casi una admonición, sin llegar a intentar una orden.

---Lo mejor es que resuelvas, cuanto antes tu relación. Que te decidas a algo.

Cuando iba a continuar, ella le interrumpió, para decirle algo que El no entendió bien o entendió bien, tal la ambigüedad. ME insistió, tibiamente, mientras se mordía apenas los labios y cuando le miró a los ojos, advirtió que la mirada que halló tenía los mismos humedecidos. Inexplicablemente.

---Y vos?

Le replicó a los borbotones, sin angustia, pero con rabia:---Yo soy un fracaso, no tengo derecho a pensar en nada, positivo, nuevo.

El conducir en lugares tan trabados por el excesivo tránsito, justificaba que los gestos fueran más adustos, más severos. Costeaba el Jardín Zoológico y estaba llegando al monumento a Los Españoles, cuando ella volvió a sorprenderle: ---No es bueno que pienses y digas eso.

Con un tenue y muy lento movimiento posó unos instantes su mano sobre la de El, mientras le miraba.

El silencio hasta la estación Olivos fue casi absoluto, recíproco. Al despedirse, tan fugazmente como siempre, mientras ella cruzaba muy rápido la avenida del Libertador hacia su casa, El supo que la conmoción por lo vivido, le había servido para enseñarle el infinito valor de lo entrañable y fraterno que los unía. Que asimismo era una utopía.

Se vieron otra y otras veces. Almorzaron algunas, con mayor y menor frecuencia. Transcurrieron años. Nunca más hablaron de lo personal. Desde entonces cuando hablan, se prometen tomar un café.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los años.
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