Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  Lina.

Salieron del lugar muy rápidamente y recorrieron las escaleras a la carrera. Habían estado por primera vez juntos en un hotel cerca de la Facultad, sobre Paraguay, que recibía tanto pasajeros como huéspedes fijos. Junto a la librería de Machi. Se accedía por una breve escalinata de mármol y luego de hacer un descanso en un rellano donde funcionaba la recepción, se pasaba una puerta de dos hojas, con la mitad superior de vidrio, con visillos de tela clara, que daba a un patio interno, pequeño, de aproximadamente 3 metros por lado. Varias habitaciones daban al mismo y tenían al exterior, persianas de madera y luego puertas del mismo material de doble hoja y vidrios, con cortinas en la mitad superior. Sobre aquéllas afilaba sus uñas un pequeño gatito barcino.

Las sensaciones mutuas, que persistían y compartían, les hacía muy difícil separarse. Estaban exultantes, el enamoramiento dominaba sus sentidos, emociones, actitudes, sus respuestas y la necesidad imperiosa de recibir el contacto de la piel del otro, su perfume, la tibieza, que era muy grande. Aún quedaba en cada uno el sabor el perfume y el deseo infinito del contacto. Si en el amor puro existen todas las libertades, ellos las estaban reconociendo, explorando a cada instante sin saberlo, sin especulación, ni barreras. Habían alcanzado el éxtasis. Sus historias pasadas, poco y nada tenían que ver.
Sin quererlo, ni pensarlo, llegaron hasta la parada del colectivo, que iba hacia el oeste, sobre Tucumán casi Junín, donde ella vivía. Que arribó en minutos.

Lina era alta, de más de 1,65m. de ojos claros, tez rosada y cabellos castaños, que debían haber sido cuando pequeña más claros aún. Hermosas facciones y un mohín de simpatía exquisito, que esgrimía, en cuanto podía meter un bocadillo en el diálogo. Delgada, aunque sólo tenía 19 años, su porte y apariencia, le agregaban más. Por su elegancia, el garbo y la arrogancia al andar. Estudiante por entonces del ciclo básico de Medicina, era muy evidente que sabía donde quería ir y cómo llegar. Escribía poemas o prosa, sorprendentes, agradables, donde tan pronto invocaban al misticismo, (donde recaló hasta hoy) como a un erotismo singular, que revelaba pulsiones y deseos latentes, con la autoridad de quién tuvo o ha tenido sueños y experiencias. El, cuatro años mayor, también era estudiante de la misma carrera, la superaba en talla en no más de una cuarta, era delgado, de cabello y ojos castaños, usaba unos anteojos de marco negro que le agregaban varios años. Ambos regresaban de muy recientes y dolorosos fracasos afectivos. Esto los vinculó con mayor fuerza, por la necesidad del duelo recíproco, hasta hacerlos de una pieza.

Las largas llamadas telefónicas, para verse en minutos, no menguaba su pasión. Se deseaban y veían a cada instante, cuanto podían. Todos los momentos y lugares físicos, eran propicios para tenerse, con la misma libertad y amor del comienzo. A la genitalidad que habitualmente impera en ésa etapa en los más jóvenes, que jerarquizan sobremanera, ellos imponían la locura, la infinita y desmesurada locura del amor. Esa conjugación psicofísica que define no sólo el sexo sino también la necesidad. La entrega y la recíproca prodigalidad carecía de techo, del máximo. Anhelaban alcanzar el óptimo. La posibilidad de desplazarse en la motocicleta de él les proporcionaba comodidad y les aproximaba más aún. No sólo a lugares cerrados sino también a rutas cercanas.

Así por meses, muchos meses, sin descanso.

Un día avanzaban por Juan B. Justo rumbo a casa de ella. Hasta llegar hablaban poco y nada. Al detenerse, Lina le dijo:---Quiero que tengamos un hijo. Quiero un hijo tuyo. El, atónito, estuporoso, esbozó una sonrisa (o una mueca) que pretendía ser de alegría y /o felicidad, se miraron intensamente, mientras un sueño revoloteaba encima de ellos.

Ambos continuaron sus estudios. El se graduó enseguida y se volcó obsesivamente a la investigación, invocando banalidades, dejó pronto a Lina. Lo abrumó la realidad. Su inmadurez afectiva le acompañó por largos años. Con múltiples fracasos. Opuestos a sus muchos (al decir de sus jurados) éxitos científicos. Que poco o nada agregaron a su vida. No aprendió a vivir. Tampoco a ser feliz.

Lina, graduada, fue y es una dulce mujer, tierna. Con un equilibrio notable. No volvió a tener pareja. Además, una excelente profesional. Se reencontraron fugazmente cuando Lina enfermó y acudió a El mientras se hallaba internada en el Hospital Piñero. Por breves instantes durante días, fueron los hermanos del afecto de antes.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los aņos.
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