Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  Irma.

Llegó una mañana muy fría, nublada de invierno, con anteojos oscuros casi negros habitualmente usados para protegerse del sol, de marco muy grueso del mismo tono y un pañuelo de gasa clara, color turquesa muy tenue, cubriendo su cabeza que ajustaba con un lazo en el cuello. Algunos cabellos castaños oscuros se escapaban de ambos laterales. Era de baja estatura, apenas 1,55m. Su rostro era rosado y sus ojos verdes muy claros. De rostro ovalado tenía lindas facciones. Sin ningún maquillaje. Era de una belleza natural, rústica, pero muy atrayente. Aparentaba tener unos treinta años. Su piel denotaba haber estado expuesta a la intemperie y castigada por el aire y el viento frío, por el color tan acentuadamente rosado. Este color contrastaba con sus manos extremadamente blancas. Apenas excedida de peso, estaría en 60 kg. era bien proporcionada. Sin embargo el exceso de ropa con que se cubría le hacían aparentar un peso superior.

Llegó al hospital preocupada, inquieta, angustiada. Jadeaba. Lo expresaba por sus movimientos, su excitación, su hiperquinesis. Hablaba a borbotones incoherentemente, comiéndose las palabras. Para inspirar hacía un esfuerzo notable, que le movía los músculos del cuello y hasta los hombros. Pretendía decir mucho más y se interrumpía ahogada, con evidente dificultad para respirar. Sobre todo inspirar.

Cuando concluyó con el motivo de su visita al consultorio de asma del hospital, accedió al pedido de su interlocutor a quitarse el pañuelo. Esto permitió observarle marcas moradas y azules en su rostro y en el cuello. Al percibir las mismas, se insistió en que retirase sus anteojos. Obedeció con lentitud, calma, vergüenza, resignación. Sabía que desnudaba su presente. Había en ella una humildad en sus gestos, que conmovía. Las moretones sobre sus ojos eran mucho mayores, con tonos morados y verdosos. (La hemoglobina estaba realizando el proceso de cambios de color típicos luego de un traumatismo y la extravasación correspondiente). El entrevistador le pidió que aguardase unos minutos.

Regresó acompañado de dos mujeres, una pequeña de edad y altura, que presentó como la Lic. Franca (psicóloga) y otra aproximadamente de la talla de Irma, de tez ligeramente morena, con anteojos, María Elisa, enfermera y mayor que todos. Así continuó el interrogatorio. Que concluyó por ser su catarsis.

Había nacido y vivido en una chacra en la provincia de Buenos Aires, en la zona de Chacabuco, con sus padres, donde realizaba con sus hermanas todas las tareas de campo. Su educación y escolaridad habían pasado a saltos por su lado. Siempre la obligación de ayudar a sus padres fue la prioridad. Era la expresión de la ingenuidad. Cargaba sobre sus espaldas la culpa de haber salido del hogar familiar dejando a sus padres muy mayores, para ir a una casa a realizar tareas domésticas. Al formularle Franca una alusión a las equimosis de su cara, refirió que las había tenido peores, cuando su padre les golpeaba, siendo niñas, con un cinto luego de atarlas a un poste. Algo que refería también le acontecía a su madre. Los que escuchábamos el relato no salíamos de la sorpresa, del asombro, del estupor. Nos mirábamos y aguardábamos impacientes que continuara. El jadeo había disminuido.

Estaba casada, desde hacía muy poco. Trabajaba por horas en distintas casas de familias. Vivía en el conurbano en la localidad de San Martín, con su marido, el autor de la golpiza. Describía al mismo sin rencor, como un ser impoluto. Se culpaba de todo, a pesar de la profusión de lesiones que veíamos. Su sentido de culpabilidad era tan acentuado que justificaba la bárbara reacción de su pareja. Ella debía ser la castigada. Tenía un sentido masoquista exacerbado.
María Elisa la invitó "que se quitase un poco de ropa" así le dijo, ya que el ambiente caldeado por las estufas lo permitía. Luego de despojarse de su abrigo, un camperón de abrigo, con una frazada escocesa interior y un chaleco de lana, tejido a mano, se quedó con una camisa o blusa de tono marfil, de mangas tres cuartos. El Dr. al tomarle una mano observó heridas cortantes cicatrizadas, que al subir las mangas fueron muchas y mayores, en ambos brazos. Incluso había grandes y profundas secuelares y moretones, de lesiones antiguas y recientes. Fue cuando se le insinuó la posibilidad de realizar la denuncia policial. Esto la atemorizó y conmovió tanto que se incorporó e intentó tomar las ropas que acababa de quitarse para vestirse nuevamente.
Lo insólito es que aún no había mencionado la historia personal de su enfermedad de base, el asma y sólo atinaba a referir desordenadamente, pero "de corrido" su vida. Sus fantasías culminaban expresando con la misma ingenuidad el deseo de tener un hijo. Que anhelaba con "toda su alma". Por fin dejó su disnea y aceptó ser asistida por su enfermedad, incluso con apoyo de la Licenciada y concurrir al próximo control (con una excusa que inventamos) acompañada de su marido.

A las dos semanas regresó con el mismo. Nuestra curiosidad, enorme, se detenía en observar todos los detalles físicos y ansiosos esperábamos escucharle para evaluarle psíquicamente.
Era un hombre de edad equivalente, más alto, unos 20cm. Bien parecido, de cabello oscuro, piel clara, recia complexión, pero proporcional a su talla, vestido humildemente aunque con cuidado. Con pantalón jean azul, zapatillas de cuero de marca, camisa con el cuello abierto y campera beige, de tela de nylon o similar, con abrigo interior. Ingresó con Irma. Que usaba en la ocasión anteojos con corrección de marco metálico, era miope.

Los recibieron la licenciada y el jefe. Irma estaba mejor, sin jadeo, como también de humor. Aún sin maquillaje, sus lesiones se habían apagado. El marido, permanecía mudo, sólo cuando el Dr. le preguntó directamente habló de su ocupación, dijo que trabajaba en el cementerio de San Martín, como sepulturero. Impresionaba como bigardo y etilista. A la pregunta de si bebía, dijo que a veces, como también que fumaba, si había exceso en el alcohol, también a veces. Luego por su esposa supimos que más a menudo que lo dicho. Todas las preguntas que se le formulaban las contestaba como ausente, con evasivas y ambiguamente, su mente estaba en otra cosa. Quizá prevenido.
Cuando la licenciada le habló de las lesiones de la consulta anterior de Irma, fue como si simultáneamente hubiera pateado un hormiguero. Ambos se revolvían en sus sillas incómodos, urgiendo salir, concluir. El azorado, con su rostro rojo, no respondía; ella parecía detener y calcular sus respuestas. Al derivar a Irma a un servicio próximo del piso superior, para realizar un estudio de mediana complejidad (espirométrico) para evaluar sus limitaciones respiratorias, quedamos con el Sr. Castro a solas. Allí pudimos observarle con más cuidado. Comprobamos que si bien era aparentemente normal, en cuanto a comprensión de sus actos, reconocía haber golpeado a su mujer, entendía que se lo merecía, por que había cometido una falta... aclaró, un gasto innecesario.

El no sentía culpa, nosotros en cambio al recordar la suma de lesiones de Irma lo observábamos como un monstruo. Nuestra entrevista concluyó cuando él se puso de pie, ansioso por saber dónde estaba su mujer. Al indicarle, salió raudamente tras ella. Cuando Irma regresó, con los estudios, mientras el Dr. los examinaba, la licenciada aprovechó para preguntarle a solas cuál fue la causa de su discusión pasada que derivó en la paliza.
Irma más tranquila, dijo que fue porque se había puesto celoso, al salir ella y regresar a su casa desde la iglesia barrial una tarde-noche con unas familias vecinas. Esto que contradecía lo expresado por él, motivó que sin que ambos lo supieran, lo citara el jefe de urgencia en un salón contiguo, junto al guardia policial de turno, un sargento de la 30° (Luis). La sorpresa del mismo fue mayúscula, el temor de enviarlo a la seccional cercana lo paralizó. Para empeorar las cosas el suboficial a cargo, avisado, lo trataba con rudeza, con letra y colaboración de la licenciada que llegó enseguida y oficiaba de testigo y del Dr. Sólo fue un susto. Cuanto le duró?, no demasiado, a poco volvió a las andadas. Ergo, a las más feroces palizas.
Regresó a control pronto con la felicidad dibujada en su rostro, más rojo aún que habitualmente, estaba embarazada. Aunque había sido nuevamente atacada, durante una borrachera, lo fue mucho menos.

El seguimiento de su embarazo y los controles médicos y psicológicos mostraron una etapa de calma aparente. Así llegó su hija. El sueño se le había cumplido.
Fue entonces que al regresar comentó tener síntomas ginecológicos, picor sobre todo y flujo maloliente, por ello se le derivó a la especialista (la Dra. Baubín). Los resultados revelaron la presencia de venéreas, que imaginamos cómo habían llegado. Le pedimos el control de él. Irma lo negaba, con firmeza. Imposible, decía. Al insistirle que debían medicarse ambos para que su curación sea efectiva, accedió.
El estudio del Sr. Castro fue positivo para gonococcia, trichomoniasis y herpes genital. Un zoológico, adquirido por su promiscuidad suponíamos con una desconocida o más de una. No lo negó, pero dio la sensación que era una habitual pareja sustituta.
Se lo medicó, con pocas probabilidades de éxito, por su indolencia y desapego a realizar el tratamiento completo u obligación alguna. Lo mismo se hizo con Irma, pero al indicarle que debían interrumpir sus relaciones sexuales, bajó su cabeza y en tono muy bajo, expresó que debía hacerlo con o sin ganas, porque sino lo haría por la fuerza. Esto probaba que las mismas eran una frecuente y constante violación.
No augurábamos para ella nada bueno, con diversos riesgos, mayores sin duda los derivados del herpes, que podría llevar a lesiones precancerosas. Cuando en un nuevo control espaciado, por la crianza de su beba, nos informó que el Sr. Castro la había dejado. No mostraba pesar, ni sensación de duelo. Su asma estaba bien. Creíamos que lo peor había pasado. Le reiteramos el control de ginecología por el tratamiento instituido.

De pronto se volcó a lo místico y religioso en su zona. Diariamente frecuentaba la iglesia. No hacía más que alabar al sacerdote del lugar, un hombre relativamente joven, por su gran ayuda y comprensión, afirmaba. Hasta que lo previsible o imprevisible, como se mire sucedió. El sacerdote le pidió tener relaciones sexuales. Irma huyó despavorida. Su ingenuidad la hacían víctima ideal. Buscó trabajo en una casa de familia con cama adentro para evitar el asedio del Sr. Castro que regresaba periódicamente y le exigía por las buenas o las malas sexo. No volvió por unos años.
Regresó cuando su niña estaba en el jardín de infantes, con buen estado respecto del asma. Para pedirnos la derivación a ginecología, por pérdidas, decía. El informe al mes, indicaba la presencia de una precancerosa en cuello uterino y la indicación de la extirpación. Cuando se operó, pensó que había concluido su infortunio. Suponía en su ignorancia que así no habría más sexo. No lo supimos. No regresó.

 
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