Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  1943, La murga.

La proximidad del carnaval predispuso a todos los chicos a prepararse con algún cuidado. Las ropas desechadas de los familiares más próximos sirvieron para el caso, incluso los sombreros. Además, cacerolas viejas y cucharones o palos de morteros de las cocinas de sus madres.

Por decisión de varios se había propuesto hacer una murga y se estaba sobre la fecha. Ninguno sabía música, ni ejecutaba un instrumento, aunque sea de oído. Todo debía ser improvisado. Tampoco conocían letras, como no sean las más soeces con músicas tradicionales de canciones de moda, muy pegadizas. "Se va el caimán", "Qué te parece cholito", "¡Oh¡, Susana", etc.

Obviamente no existía la posibilidad de confeccionar trajes, como las comparsas tradicionales, barriales, de clubes u organizaciones regionales (los célebres orfeones). Nada era factible. La situación económica de las familias era común, muy limitada. Además, más de la mitad vivían en conventillos y casi todos eran los mandaderos de los comercios del barrio. Con el agravante que entonces había que levantar los pedidos primero, porque pocos tenían teléfono.

El caso es que había que arreglarse con lo que se tenía y en su defecto, amolarse. Así fue que todos aparecieron como zaparrastrosos, pero eso si, con sombreros, de muy distintos colores. Esto les hizo sentir mejor, eran al menos pintorescos. Ensayaron apenas, memorizaron algunas cuartetas, cargadas de procacidad las más y ahí nomás se largaron. Las contorsiones salían solas. Al principio optaron como "globito sonda", por dirigirse a los boliches, bares o café-almacén donde los concurrentes, hombres solamente recibieron con sonrisas y de buen humor las pésimas rimas, no precisamente de Gustavo Adolfo Bécquer, ni de Edmundo Rostand.

El recorrido se amplió desde Méjico y Bolívar al mercado de San Telmo y las laterales desde Bernardo de Irigoyen hasta el Paseo Colón. La mayor parte de los boliches fueron visitados entre las 18 a las 22 cuando regresaban para comer, en lo que coincidían todos. No se habían ensanchado aún Independencia, ni la avenida 9 de julio. Subsistían varios clubes regionales españoles el Numancia, las sociedades gallegas, el Casal de Cataluña, el centro de almaceneros y otros. Como también bares tradicionales como el Unión en la plazoleta central de Independencia, con vida exclusivamente nocturna.

La pandilla que integraba la murga contaba entre diez a doce miembros. De ocho a once años. Cantaban, si se puede decir cantar, el Pestaña, petiso, ligeramente gordito lleno de pecas, Pepe, delgado, más alto con sus cejas gruesas oscuras unidas al centro y "el flaco", de igual talla que el anterior, pero muy flaco, peso lástima. Con la osadía, más atrevimiento, al concluir su chorrera de cochinadas, de extender sus sombreros para recibir las pretendidas chirolas que repartían escrupulosamente.

Además, estaban "el colorado" pelirrojo con más pecas que todos juntos, Oscar Raffaroni, el diablo personificado por sus bromas, con un rancho del padre, Jorge el hermano de Isabel y compañero de grado de los más, Jorge Mario y su asma, en crisis con frecuencia, su hermano José, un año mayor que todos, el gordo Tito, el chino Choy un oso por su corpulencia, Pocho el más menudo o y se agregaban "el negro" hijo del carbonero que se tomaba la tinta de todos los tinteros los días de prueba escrita, Tito Menéndez, que vendía diarios en las tardes en Chile y Bolívar y Beto de 13 años, el defensor de todos y cada uno en cuanto lío se metían, que se calzaba los guantes de box en la Misión del Marinero Inglés en avenida Garay y peleaba con los mismos, por plata. Que habitualmente trabajaba de peón en la carnicería del gallego de Chile y Perú.

A las cantadas por los bares, se agregaron "a pedido" de las barras esquineras las que se hacían sobre las veredas, en distintos lugares. Todo el repertorio se había engrosado con algún tanguito y otras canciones populares. La viejecita que tocaba el piano en el Unión por las noches, llegaba por lo común entre las 19 y las 20 y allí es cuando invitaba a los chicos, que se prendían con gusto a un contrapunto, Pepe gran admirador de Hugo del Carril, cuyos guitarristas vivían frente a su casa, intentaba copiar sus tonos y el flaco le replicaba con lloradas y melancólicas de Corsini. Hasta que se cansaba la buena señora y comenzaba con tangos más modernos, que no conocían los sabandijas.

Sus "presentaciones" continuaron en el bajo, en el paseo Colón en el mercado de aquella y Méjico y en los boliches cercanos. La aceptación de sus guasadas era corriente y generalmente algunas monedas premiaban su osadía.

Decidieron una tarde visitar los dancing, que estaban en la recova del Paseo Colón, que para los chiquilines eran una singularidad y asimismo algo desconocido. Fue en uno de ellos donde culminaron sus actuaciones. El frente doble, como de veinte varas, de mármol gris sin ventanas, con un ancho portón de madera ligeramente rojiza, grueso de 3 a 4 pulgadas de espesor, con distintos apliques, con figuras de leones talladas y repujadas, lustrado y con herrajes de bronce pulido, abierto de par en par, le conferían un matiz de antigua casa señorial. El escalón de granito oscuro, como las columnas a ambos lados del mismo mármol gris veteado impresionaban. Todo era incompatible con las burdas letras fluorescentes azules, que anunciaban en un lateral su nombre "Venus". No obstante, los diablillos no se aminalaron.

Al ingresar al lugar se observaba un gran espacio prolijamente alfombrado de color rojo, casi morado y hacia el fondo, en el centro una ancha escalera de mármol blanco de Carrara, con barandas de madera rojiza tallada, lustradas, muy bonitas, que luego de unos quince a veinte escalones al llegar a un rellano se dividía en dos ramas derecha e izquierda que conducían a la planta superior. De la que apenas se observaba la balaustrada que enmarcaba el frente. Todo en silencio. Sólo a lo lejos se escuchaban tenuemente voces, femeninas. A ambos lados de la escalera, enormes jarrones con plantas y flores.

La parte central, donde estaban las escaleras, estaba iluminado, el resto, en los laterales en penumbras. Ante la puerta, sobre la izquierda, de pie, estaba una linda joven de buena talla, más de 1,70m. de tez muy blanca, con una pequeña melena, lacia, rubia casi albina, de rostro oval, apenas pintados sus labios, de ojos celestes claros, pequeños, ojeras moradas, con un vestido gris casi plateado, sin mangas, de cuello redondo, recto sin cinturón, que cubría hasta sus rodillas. Sin adorno alguno. Calzada con sandalias negras muy altas, muy elegante, que los miraba sorprendida. Las sabandijas no se arredraron, luego de hacer un semicírculo ante la dama, comenzaron con su presentación habitual:

---Esta murga se formó
un día que llovía,
por eso le pusimos
Matachinche y compañía.

Y continuaban con el estrépito de sus cacerolas y pitos y una enorme matraca que manejaba el oso Choy. Mientras se contorsionaban, "total por su edad eran de goma". Luego entrados en confianza, la retahíla de cantitos que enrojecerían a "La fuente de las nereidas" de la notable tucumana Lola Mora.

---Un pajarito voló
adentro de un convento
qué contenta está la monja
con el pajarito adentro.

La música era lo de menos. ¡Qué te parece Cholito, qué te parece¡ u otra, daba igual. Las miradas de todos estaban concentradas en la joven de aquél lugar extraño, que impávida con sus manos unidas porque con una tomaba la muñeca de la otra les observaba, como sin entender ni sus dichos ni su algazara.

Recorrido el repertorio, aún el más grosero, el flaco, Pepe y el negro se adelantaron con sus sombreros y Oscar con el rancho, esperando el premio por su actuación. La señorita continuaba como una estatua, rígida, impertérrita, como las cariátides del oráculo de Delfos. Ante la insistencia de los chicos, sus risas, las monedas que exhibían y el amago de insistir con más canciones, la joven separó sus manos que estaban vacías las exhibió abiertas a ambos lados del cuerpo y mostró dirigiendo la vista la ausencia de bolsillos de su vestido. La sorpresa por el gesto conmovió a los mismos. Que se miraron azorados. Se entristecieron y sin entender nada abandonaron el lugar.

Años después entendieron el significado del gesto, como también quién era la joven, probablemente polaca o rusa, de las tantas importadas por la Sociedad de Varsovia o la Zwi Migdal para ejercer la prostitución. ( Se estimaron en más 5 mil). Los locales del tipo descripto fueron cerrados en la ciudad en la década siguiente y autorizados fuera de ella y cerca de cuarteles.

 
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