Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  1945, De parranda.

Los chicos estaban eufóricos, parlanchines, exultantes, desatados. Era singular que pudieran visitarse luego de pasada la medianoche recíprocamente en sus casas. La navidad había hecho el milagro y la ocasión lo ameritaba.

Eran compañeros de la escuela primaria, donde habían concluido el cuarto grado, con un maestro de excepcional calidez humana D. Enrique Franklin Gez, de quién en otra ocasión nos ocuparemos. Además estaban a media cuadra entre si y esto simplificaba las cosas. Por otra parte no significaban para sus progenitores gastos extras. Dos de ellos vivían en la misma casa, un inquilinato de la calle Méjico, de los tantos que había en Montserrat. Los restantes residían en una casa de departamentos de Bolívar al 500 entre Méjico y Venezuela.

Las horas que faltaban fueron vividas con la ansiedad individual consiguiente. Si bien podían comunicarse, los que eran vecinos del inquilinato de Méjico podían sólo hacerlo en la calle, porque tenían vedado la puerta de calle o el pasillo. No obstante, no faltaba quién lo quebrantara cuando se trataba de avanzar para el romance. Los otros tenían "piedra libre".

Es que la vivienda de los citados, Ramiro y Víctor, era un conventillo, instalado en una casa tipo chorizo, con frente convencional de 10 varas, 8,60m. con dos balcones a la calle de hierro ornamental (hubo otros inquilinatos muy grandes con doble y triple frente, con dos plantas arriba, con salida por las calles laterales o posterior) con acceso por una puerta de hierro macizo, pintada de negro, cerrada en la parte inferior, con rejas con arabescos arriba, sin postigos, que culminaba a los 3m. y pico, con una banderola rectangular, del mismo material, con vidrio. Seguía luego un pasillo, prolijo apenas alumbrado, como los patios, con mosaicos de colores, con guarda imitación griega en los bordes y cerámica muy vieja, aunque muy limpia, en las paredes laterales, sobre una de las cuales desembocaba la sala, por una puerta de madera prolijamente barnizada, con vidrios en la parte superior, con visillos de tela compacta y umbral de mármol blanco. De fondo unas 60 varas (aproximadamente 52m.).

Los cuartos estaban sobre el lateral izquierdo de la edificación, con galería de más de 1 m. de ancho frente a las mismas. Constaba de dos patios grandes que debían conservar aseados los vecinos y planta alta sobre la habitación de la entrada. Vivían 20 familias, más de 100 personas. (Los muy grandes albergaban de 50 a 100 familias, con una población entre 250 y 600 personas). Pagaban por entonces un promedio de 20 pesos mensuales de alquiler, algunos más.

A pesar de vivir allí tanta gente tenía severos reglamentos de convivencia, como todos los restantes de los barrios de vecinos de San Telmo, Constitución, Barracas, la Boca, San Cristóbal, Patricios, Boedo y Pompeya, que eran fijados por los encargados, generalmente el habitante de la sala, como representantes de los arrendatarios, en ocasiones empresas inmobiliarias, en otras el mismo dueño. Que debían ser cumplidos "a rajatabla" por los inquilinos, aún en fiestas de muchos como Navidad o particulares, cumpleaños, casamientos, bautismos, etc. Cualquier transgresión causada, ruidos, molestias, horas de silencio, no pagar la mensualidad o la luz que era prorrateada, descuidos en la conservación o malquistarse con el encargado, era sancionada y podía ser motivo del lanzamiento del mismo o la misma sin más ni más.

Esto fue retratado con amplitud y versatilidad, describiendo ése derecho de superioridad de los encargados sobre los inquilinos por muchos autores, en sainetes célebres.

Hacia los patios, es decir a la intemperie, daban las habitaciones, grandes de 4 por 4metros, en cada una de las cuales se alojaban familias enteras. Los fríos y los calores extremos eran para sus habitantes un castigo a su pobreza. Eran 4 a 6 piezas por patio en ésta casa o el doble en los más grandes. Frente a las habitaciones había una galería de 1m. de ancho, sostenidas por columnas de metal. El baño, uno por patio, era en general un retrete sucio con ducha fría, que excepcionalmente tenía calefón de alcohol. Los patios no eran ni podían ser ámbito de reunión sino sólo para circular, ingresar, salir o pasar al patio siguiente. Entre ellos había un pasillo. Limitado por las paredes de una sala, situada en la zona media que cruzaba perpendicularmente el predio.

En cada uno de los patios a la intemperie había un fogón, con varias hornallas que podían compartir los vecinos, lo mismo que varias piletas de cemento para el lavado de vajilla o ropa y frente a las habitaciones, una cantidad de armarios metálicos, tantos como aquellas, de aproximadamente 1,50-1,80 de alto por 0,80-0,90 de ancho y 0,30cm de profundidad. Semejantes en su estructura a los que se utilizan en los vestuarios deportivos o en talleres, aunque el doble de anchos. Allí se guardaban las cacerolas, sartenes y sobre todo el calentador a kerosene, "Primus"de origen alemán, que servía para volúmenes medianos y pequeños. Para las comidas que requerían mucho tiempo de cocción, guisos, pucheros y asados, se utilizaban los fogones, comúnmente alimentados a carbón o leña.

No había trastos ni muebles en los patios. Que sólo permitían tender ropas para secarlas en lo alto, excepto que hubiera terraza.

Cuando había planta superior, las habitaciones eran equivalentes a las anteriores en superficie, con un mínimo alero sobre las puertas. Daban a un pasillo construido sobre las galerías de planta baja, cerrado hacia el vacío (el patio) con una mampara de metal de 1,80m. aproximadamente, donde también estaban los armarios para guardar vituallas, vajilla, etc. Los fogones como las piletas de limpieza y lavado de ropa, estaban en los extremos, adelante o atrás o en la línea media de edificación que dividía los patios, donde también se hallaban los baños, idénticos a los de planta baja, únicos para cada patio. Los techos eran habitualmente de chapas (muy pocos tenían bovedillas, con losa superior y baldosas rojas) con canaletas que frecuentemente por la acumulación de basura, hojas de los árboles, desbordaban y mandaban el agua hacia las habitaciones o a los patios.

Las piezas de 4 a 5m. de altura, tenían a 1m. de distancia de la chapa, sujetados de los tirantes por alambre de fardo, el techo que consistía en encofrados realizados en madera machihembrada, revestidos por yeso, que se continuaba por las paredes con guardas muy prolijas, con rosetones en los ángulos.

Las reuniones familiares transcurrieron sin mayores novedades. Apenas pasada la medianoche arribaron Víctor y Ramiro a buscar a Tito y al flaco, que era un año menor. Había ingresado con cinco años al primer grado porque cumplía a mitad de año. Así como éstos no conocían su casa, éstos tampoco la de aquellos. Tito vivía con su abuela, en la planta baja, de una casa antigua de Bolívar al 500 que en la fecha era visitada por sus hijos, Miguel músico y Beba madre de Tito, también estaba Juan amigo de ambos. Todos, Beba, la abuela, Juan y Lidia que acompañaba y cuidaba a la abuela, discutían a los gritos sin tapujos, ignorando a los niños. La presencia de los chicos produjo un parcial silencio y la invitación del tío a los visitantes a compartir el brindis con la naranjada fue aceptada de muy buen grado. Tito retiró la llave que Lidia le prestaba. El flaco en tanto vivía con sus padres en un departamento de los altos, del mismo edificio. Apenas pasaron a buscar a éste los sabandijas salieron raudo hacia su morada.

La entrada y el pasillo estaban iluminados, por lamparitas comunes, de pocas bujías, lo mismo que los patios y las habitaciones, de estas llegaban voces diversas, en algunos casos en muy distintos idiomas, como también música proveniente de radios o fonógrafos de manija, con discos de pasta. Era navidad. Nadie dormía, ni aún los que realizaban labores en horarios nocturnos. La suma de conversaciones, el bullicio, era el símbolo del conventillo, en el cual se integraban los niveles sociales más humildes, los más pobres, pero de una pobreza digna, sobre todo inmigrantes, con gentes de las diversas latitudes del país. Laboriosa en general.

El alcohol comenzaba a producir estragos, exhibiendo en los hombres sobre todo en sus primeros períodos, los gritos e histrionismos que se apodera de los bebedores, para culminar con las rebeldías y el sueño.

De los chicos citados, Ramiro para sus 11 años, era el más alto, semejante a su padre. De cabello castaño claro casi rubio como su madre o su abuela, era el hijo menor de un matrimonio de origen paraguayo, el de la vejez decían estos, aunque ciertos chismes señalaban que era el primogénito de una de sus hermanas. Las mismas de casi treinta años vivían en su patria con sus respectivas familias con muchos niños. La señora de cincuenta y más, de tipo sajón, era una maravillosa tejedora de hilo de punto y prueba de esto eran las cortinas de ñanduty que cubrían los vidrios de la parte superior de las puertas de madera de la habitación.

Enrollada más arriba de la talla de los muchachos, había una cortina de varillas de madera barnizada (obra del padre, carpintero, mayor que la madre) que habitualmente en verano se dejaba caer hasta el suelo, porque permitía dejar las puertas abiertas y el ingreso de aire al cuarto. Lo usaban todos los vecinos aunque de distinto material, porque así lograban una pequeña privacidad y ocultaban sus miserias, sus angustias.

La habitación estaba dividida al centro por dos muebles colocados en paralelo, adosados por su parte posterior, cercanos a la pared medianera y perpendiculares a la entrada. Un ropero (placard) orientado a la izquierda, donde estaba el dormitorio de sus padres y a la derecha un aparador con alzada donde se guardaba la vajilla y diversas vituallas, unas más dulces que otras. Frente a él una mesa ovalada, oscura, tallada en su pie, con ebanistería fina, también obra del padre, cubierta con un mantel de hilo bordado tan bonito y trabajoso como los visillos de las puertas. Varias sillas tapizadas en cuero le rodeaban. Del techo en el centro pendía una araña de bronce con luces y caireles de vidrio facetado, que iluminaba la escena y se proyectaba hacia el patio. Como también las de las otras habitaciones. Sobre aquella mesa lucían todos los manjares que los pequeños apetecían, sobre todo dulces. Antes Ramiro y sus padres habían consumido asado, como otros vecinos, proveniente de la panadería cercana. También había aunque muy poco, vino y gaseosas.

Estaban eufóricos, contagiados de la simpatía de los padres, haciendo el honor a unos trozos de pan dulce y gaseosas, cuando llegó Víctor.

Salieron con él hacia sus habitaciones que eran dos en los altos, sobre el techo de la sala del frente, a las que se accedía por una angosta escalera de metal, de dos tramos con un rellano central. Su madre la encargada era española, gallega, robusta, en demasía, de mayor talla que los jóvenes, que los recibió con ostentosa alegría. Sus muebles austeros, denotaban haber sido finos otrora. Su vajilla exquisita lo confirmaba. Los quiso colmar de comidas y bebidas como antes, que los jóvenes no podían recibir. Hablaba constantemente mientras gesticulaba, en voz muy alta, casi a los gritos, a todos y especialmente a su marido, diminuto, calvo, ligeramente regordete que parecía sordomudo, porque no le respondía. Trabajaba como confitero en un comercio de la vecindad. Era el dueño. Estaban presentes además, sus otros hijos José Antonio el mayor y Pilar.

Víctor de 11años, tenía 8 años menos que su hermana, con problemas en sus ojos, (estrábico e hipermétrope) usaba unos anteojos enormes con cristales convexos casi esféricos, que agrandaban sus ojos desmesuradamente y resaltaban la desviación de los mismos. Físicamente era un remedo de su madre o iba en camino de serlo. Los otros hijos en cambio eran relativamente delgados, ella muy linda, él más alto, un hombre. Para Tito y el flaco, éste un año menor que sus amigos, fue imposible continuar su raid de comidas. Por ello saludaron y se marcharon.

En la calle, todos los ruidos, los cantos usuales, el hablar de los transeúntes, algún borracho exponiendo su desmadre, la cohetería que dejaba en el ambiente un olor a azufre y pólvora, producto de las cañitas voladoras, los rompe-portones y otras bombas. Acrecentado el ruido por la marcha de los tranvías de varias líneas, 22,10 y 17 y el frenaje sobre la arena de las vías que bombeaba el conductor (motor-man), que iban en dirección al sur barranca abajo. Mucha gente caminaba. La luz de la bocacalle, alargaba las sombras de los mismos a medida que se alejaban.

Habían ingresado en Bolívar y comenzaron a correr hacia su casa situada a la media cuadra, el flaco como siempre llegó enseguida. Tito más pesado, observó entre la suma de luces y bengalas, en la esquina de Venezuela las siluetas de un hombre que discutía a gritos con una mujer a quién empujaba, mientras manipulaba un objeto que parecía un arma y hacía salir reiterados fogonazos del mismo. Los estampidos se mezclaban con los estrépitos habituales de la noche. Angustiado por su observación, alcanzó la puerta e ingresó a su casa. Llegó con el corazón en la boca a su departamento, asustado. Halló a su abuela durmiendo. Escuchó por la puerta entreabierta el jadeo de su tío Miguel y Lidia en el pequeño cuarto de ésta. Las risas de ambos entrecortadas le aumentaban el miedo y le impedían interrumpirles. Silenciosamente se metió en su cama y por el cansancio acumulado por la parranda o por las cobijas que arrebujadas le cubrieron, se durmió.

Al día siguiente, muy temprano, mientras Lidia lagrimeaba, gemía, le ayudaba insólitamente a vestirse y despertarse. A él que se creía un hombre. Insistía en despabilarlo. Entresueños supo que la mujer de la esquina era su madre, Beba.

Juan fue el autor de los disparos, porque decía que no aceptaba el abandono.

Días después, comentaban muy bajo que Juan era "fiolo" (algo que no entendía Tito), Lidia como Beba, trabajaban para él.

Los otros chicos no se enteraron de la tragedia, sino un día después.

 
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