Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  1944, Judas.

Concluía agosto y el invierno, era tan mortificante como siempre, aunque habría peores. La humedad era mínima. Se sentía el frío crudo, sostenido. Sobre todo en los hogares humildes donde la calefacción era dificultosa por las carencias de combustible. Aunque se trataba de departamentos pequeños, el caso citado, con ventanales altos, estrechos. Transcurría la década del 40, en un barrio, Montserrat.

El niño debía ser cura. Sus antecedentes lo avalaban. Tres tíos abuelos sacerdotes católicos, que aunque vivían en Andalucía, es decir muy lejos, le indicaban el camino. En tanto hacía méritos.

Su vida transcurría entre la escuela, donde cursaba el cuarto año, (tercer grado) tenía 9 años, sus juegos infantiles y sus visitas a la iglesia, donde practicaba el culto y de paso jugaba a la pelota con otros chicos y hasta con un curita joven, el padre Mario. Cuanta procesión se realizaba lo requerían para acompañar desde el camioncito del hielero, con los cantos, junto a otros de su edad. También iba a la iglesia vecina, aunque sólo a veces, invitado por chicos que dejaron la suya y concurrían a la misma. En ocasión de la visita del Obispo de España, fue quién trepó por la cuerda y una escalera desvencijada y poco menos que inexistente, a la torre para repicar. Esto determinó que le premiaran con una lámina enorme, un afiche en colores de la virgen del Rosario, que atesoraba con sus manos para entregársela a su madre.

Sorpresivamente días después, una llamada telefónica les anunciaba a sus padres la llegada desde Burgos, España, de un franciscano que traía la posibilidad de guiarlo al seminario. Esto trajo en su familia, en realidad en su madre, su padre hasta entonces no opinaba, una alegría inusitada. Estaba pronta la posibilidad soñada. La de convertirlo en un par de sus primos hermanos pudientes.

Cuando el día llegó era primavera, el niño no contestaba las palabras del franciscano, calvo de aproximadamente 60 años, bajo de talla, que aumentaba con un sombrero redondo, que cubría una extensa tonsura, constituida por pelusa, que con voz muy suave intentaba persuadirlo. Tampoco las de su madre que ora con calidez y otras imperativamente lo conminaba a aceptar la propuesta. Ninguno le preguntó si quería. Tampoco si su vocación era ser religioso. De todos modos poco importaba.

A las horas, fatigado por el viaje y la estadía, el franciscano retrocedió y les propuso reiniciar el diálogo en la semana entrante. Sin interesarle la mirada hosca de la madre hacia el párvulo, que incómodo permanecía quieto, sentado a la mesa. Más bien atornillado.

La presencia del padre más tarde, fue un alivio para el niño. Lo anhelaba, sobretodo su opinión. La madre también, porque fue lo primero que le espetó en cuanto aquél pudo despojarse de su chaqueta y apoyar algunas cosas sobre la mesa. El niño, se sintió perdido. Pero el padre con una calma inusual pronunció las palabras clave: ---No hay apuro, más adelante puede volverse sobre el tema. El pequeño se desinfló. Se quitó un peso de encima que lo agobiaba, lo angustiaba. La llamada en la semana siguiente tuvo la misma respuesta. La tranquilidad del niño era total.

Promediaba el año siguiente cuando enfermó de gravedad, temblaba por la fiebre, muy alta, tenía un dolor muy intenso en el costado izquierdo del tórax, bajo la axila y expectoraba con sangre. Cada golpe de tos era un suplicio. Los médicos que llegaban y le examinaban, coincidían en el diagnóstico, bronconeumonía, pero cada uno pedía estudios más y más complejos, uno de ellos el más reconocido pidió algo extraño que luego supo era muy doloroso. Una punción, que extrajo un líquido purulento, sanguinolento y verdoso, horrible, en varios tubos. Las expectativas eran pocas. Muy pocas, decía el último. La madre lloraba a los gritos. Sin pudor que el pequeño la escuchara. Al niño le llegaban los mismos en sus delirios.

Como consecuencia le indicaron inyecciones, numerosas que recibió con estoicismo y resignación. Cada cuatro horas, diurnas o nocturnas, penicilina.

Durante varios días orilló su fin, hasta que sin darse cuenta nadie porque la fiebre continuaba, comenzó a mejorar. Llevaba más de 150 inyecciones de penicilina de 10 mil unidades. Estaba recuperado, sin dolor costal, ni fiebre, aunque tan débil que no se podía parar ni caminar. Continuaba el tratamiento. Hacía casi dos meses que estaba en cama. No estaba aún autorizado a levantarse. La dieta le permitía ingerir alimentos más agradables, siempre acompañando el arroz blanco que detestaba, porque a esa altura tenía descompostura, colitis.

El doctor venía cada vez menos, a la semana.

Se aburría con los libros de la escuela que no quería ver porque lo adormilaban. Además, se cansaba mucho. Le molestaban los ojos.

Fue un estímulo sin embargo la presencia de su hermano menor, porque dijeron ya no había riesgo de contagio. Venía solo unas horas, con amigos y amigas, compañeros de escuela. Con quiénes jugaba, habitualmente a "la tapada". Todos se sentaban a su alrededor sobre la cama. Las chicas, más atrevidas se despojaban de sus zapatos y se introducían bajo las cobijas. Los chicos solían hacerlo sobre la alfombra contigua.

Estaban sentados muy juntos, el niño con varias almohadas a su espalda, entre dos niñas, compañeras de su hermano, cuando percibió que una de chicas que estaba a su lado puso su mano bajo las sábanas, sobre su ropa interior. Tan luego sobre su sexo. Algo súbito aconteció, inexplicable para él mismo. Sorpresa, una reacción inusual, algo se despertó. Una erección¡ Sintió que debía quitar con la suya la de aquella. Que por la rapidez de su gesto, se sobresaltó y se sonrojó, mientras cruzaba una mirada con su amiga. Ambos sin entender. El juego con los cuadernos y las figuras terminó luego sin avatares. Pero algo le soliviantaba.

Al mejorar definitivamente, se reintegró a la escuela, con prohibición de realizar actividades físicas. Había perdido el 25% de su peso, apenas si caminaba y le era muy difícil mantener la atención en clase. Menos aún cuando el maestro le proponía jugar ajedrez, para sustraerlo de los juegos con pelota de los restantes.

En cuanto pudo volvió a la iglesia, a San Ignacio, a confesarse dijo, con el párroco el padre Jorge (Molas Terán). Lo primero que le contó fue lo ocurrido aquél día mientras jugaba. El anciano le quitó importancia y le indicó una penitencia no mayor que las habituales. Salió al pasillo e ingresó por la puerta que da a la nave lateral del templo donde había numerosos altares. Como en los de la izquierda había varias personas se dirigió al primero de su derecha, al que no conocía, se arrodilló y comenzó a rezar cuando observó a pesar de su miopía, que a los pies del mismo decía San Judas. Azorado se interrumpió, se incorporó de un salto y tan rápido como pudo volvió a su casa.

Cuando le contó a su madre que había rezado en el altar de San Judas, la misma le replicó:---Tú eres Judas, porque no has querido ir al seminario.

(Tanto el niño como su madre confundieron al bueno de Judas Tadeo con el tildado como traidor, Judas Iscariote).

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los aņos.
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