Dr. Emilio Santabaya
[ Epidemiólogo - Investigador ]
Ignacio Felipe Semmelweis
flecha naranja  Egresado de la Universidad de Buenos Aires en 1963.
flecha naranja  Matricula Nacional: Nš 29.694
flecha naranja  Ferviente amante e historiador del Tango
 
 
 
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  Octubre del 46.

Caía la tarde en primavera, el día hermoso, aunque húmedo, se prestaba. Los más, rumiaban el desencanto por el final del partido de fútbol que minutos atrás había concluido. Todos los chicos estaban cansados, sudorosos, exhaustos, sentados sobre los escalones de la puerta de Serra Hnos. frente a la antigua Casa de Moneda y a Platt, sobre la esquina de Defensa y Méjico. Apenas mascullaban, más bien rumiaban. Como buenos amigos no se echaban culpas, salvo el Pestaña, que le atribuía los goles en contra a Jorge Mario, el asmático, que jugaba como arquero de los suyos.

Muy cerca de ellos, los asistentes, espectadores, adultos y jóvenes habían hecho corrillos, ruedas en ambos extremos de la calle, detrás de los arcos. Familiares, hermanos mayores, amigos, compañeros de escuela, vecinos, las chicas compañeras de los primeros grados, Miryan (hija de D. Juan) e Isabel (hermana de Jorge Matos) eran las mayores y también otros y otras visitantes, eran muchos.

Porque los chicos de la cuadra, de Méjico y Bolívar, habían jugado contra los de Paseo Colón y EEUU, que vivían cerca del Parque Lezama. Eran 7 por bando y estos últimos eran mayores, ninguno tenía menos de 15 y no jugaban mal. En cambio en los locales, Pestaña el hermano del "gallego Rogelio " y Jorge Mario tenían 12 y el flaco 11.

El partido era en la calle, sobre Méjico entre Bolívar y Defensa. Con un piso excelente de madera, trabado como parquet cubierto con una pátina de brea. Un arco estaba a la altura de la casa de los López, limitado por ropa, como habitualmente, luego de la panadería de D. Juan y el otro enfrente donde comenzaba el gigantesco portón de Serra, en las puertas de Platt. Más de 50 metros entre uno y otro. Esta vez habían dispuesto de pelota de goma, una "Pulpito" de 20centavos. El estacionamiento de vehículos se evitaba desde la mañana, con unas cintas de papel que se colocaban en las esquinas, ex profeso.

Las "estrellas" del equipo local eran el "gallego" Rogelio y Pepe Molinos, uno mejor que el otro. El flaco era el menor de todos y no era el peor. Era atrevido, osado, duro, muy mandón, luchaba contra su extrema delgadez, con una talla, muy cerca por entonces de los 1,70m. Le era difícil ordenar sus movimientos estereotáxicos deportivos, que por momentos le asemejaban cuando caía, a Polichinela, porque parecía que se desarmaba.

Quizás fuera insólito que gente de la comisaría 2° no pusiera reparos a pesar que estaba situada a sólo 80 metros al sur, sobre Bolívar metros antes de Chile. Es que en general los sábados por la tarde, no se acercaban, ni perturbaban a los chicos.

Además, la ronda la hacían amigos de los vecinos de la cuadra. Donde habitualmente se hacían los festejos de fiestas patrias y también los corsos en los carnavales. Esto les daba un privilegio.

El partido había terminado con el peor resultado, empate. Algo que no conformaba a ninguno y que dejaba con la sangre en el ojo a los dos. Por eso no se comprendía demasiado el mérito, adhesión y simpatía de los parientes y los amigos que celebraban de alguna manera el final. Quizás era esto, el final. Hacia Defensa los corrillos eran más abigarrados, allí se hallaban variopintos vecinos, con los amigos de los chicos y sus familiares, no menos de 40 personas. Oficiosamente algunos, seguramente guiados por Isabel la hermana de Jorge, (madraza de varios y hermana de todos) junto a Maruja su amiga y Mirian habían conseguido líquidos frescos y gaseosas, naranjines para todos. Los visitantes lentamente habían volado.

Mientras se sedaban unos y otros, protagonistas y espectadores, se iban disgregando los grupos, hasta minimizarse. Quedaban no obstante unos pocos y algunas chiquilinas, conversando sobre la misma esquina con los chicos y también en las restantes.

Fue entonces cuando Maruja invitó al flaco a su casa a ver unos dibujos. Le habían elogiado (seguramente Isabel) los que él hacía en los pizarrones de la escuela para las fiestas patrias.

Vivía en el primer piso de la casa contigua al restaurante esquinero, por Defensa. Al que se accedía por una escalera de mármol ancha y muy alta, con baranda de madera y barrotes gruesos de hierro. Solamente iluminada y poco, quizá por la hora, por una claraboya redonda, de vidrio partido de distintos colores, que estaba en el centro, muy arriba. Confluían allí tres departamentos, el que daba hacia Defensa, era al suyo. Se ingresaba en penumbra, con la escasa luz que llegaba por las hendijas de las persianas de los balcones y filtraban las cortinas de telas muy livianas que colgaban de las ventanas. Estaba sola.

Luego de pasar un pasillo de unos 8 a 10 pasos y encender un quinqué que por su pantalla naranja daba una luz muy amarilla, se llegaba a un salón, un living, comedor, no mayor de 3,50m. de largo por 3m. de ancho, donde sobre la derecha había un sillón cama, cubierto con una colcha morada y varios almohadones. Allí le indicó que podía sentarse. Apareció enseguida con un cuaderno de dibujo, apaisado, Istonio, con hojas de papel Canson y otras intermedias transparentes, que evitaban que el grafito o la carbonilla de borrasen o corriesen.

Los dibujos representaban figuras femeninas de medio cuerpo o cuerpo entero, con distintos modelos de vestimenta. Maruja tenía 16 años y cursaba el 4° año en el Colegio Profesional que estaba sobre Bolívar al 500 (junto a la casa del flaco) y estudiaba diseño de ropa.

De talla equivalente, más robusta, maciza, por el deporte, rondaría los 55 kg. mientras aquél apenas pasaba los 40. De cabellos castaños oscuros, cortos como melena que no superaba el mentón, ojos verdes claros, muy expresivos, tez muy blanca, rostro oval, mejillas salientes habitualmente rosadas y un pocito en el mentón. Tenía un vestido de algodón ligeramente entallado en la cintura, con tablitas delante del busto y dibujos pequeños, flores, que sólo llegaba a sus rodillas y calzaba sandalias chatas, sin tacos. Era una hermosa muchacha. Vivía con sus padres, españoles, que tenían negocio de panadería y confitería en Congreso.

Tan pronto advirtió que el flaco se aburría en la reiteración de la vista de los dibujos, sin ambages, ni dudas, se abalanzó sobre el mismo y montada a horcajadas sobre sus piernas, comenzó a besarle y acariciarle, muy suavemente al principio y después con fuerza, sin reparar que el niño estaba sudoroso y extenuado, como también empapadas sus ropas, su remera de mangas cortas y un pantalón deportivo sujeto con cordón que no pasaba del medio muslo.

El, sorprendido, azorado, no reaccionaba, ni hablaba, sólo emitía interjecciones, voces entrecortadas, mientras intentaba expresarle con sus manos algo, detenerle, que Maruja quería sin dudas, ignorar. Por el contrario ella, tozuda, pertinaz, seguía adelante intentando despojarle de su remera, que había levantado hasta sus axilas. Sin hesitar, de inmediato, deslizó el nudo del cordón de su pantalón y lo bajó para apoderarse de su sexo. Los nervios, le hacían temblar, ansiosa, pero en un santiamén, con rapidez y brusquedad, corrió su ropa interior, para consumar su deseo. Sólo ella podía moverse. Maruja era en ése instante toda energía y le aprisionaba. El niño estaba a su merced.

No fueron necesarios más que unos minutos para este notara que su espalda se tensaba, se arqueaba hacia atrás. Perdió la noción del entorno. Cada movimiento de ella aumentaba su agitación y le hacían abrir la boca, pero Maruja, con sus besos le ahogaba. Le escuchaba un respirar rudo, ronco, jadeante, mientras sentía que sus muslos le apretaban con violencia, hasta que él se estremeció en sus brazos. En ese momento ella lo abrazó con tanta fuerza que hasta interrumpió su respiración. El, en tanto sintió que una sensación de bienestar lo invadía. Como también el cansancio.

Lenta, muy lentamente, Maruja se fue separando, para erguirse y ponerse de pie. Simultáneamente él se dejó deslizar hacia atrás, hasta caer sobre los almohadones del sillón con las piernas en el suelo.

Ella sonriente se alejó unos pasos hacia una puerta lateral. Para regresar en pocos minutos. Al ver que continuaba en la misma posición, se rió mucho más fuerte y como si fuera una broma, se arrojó sobre él. Lo sujetó con tanta o más fuerza que antes con sus piernas y brazos, ayudándose con su peso. Así permaneció quieta unos minutos, para reiniciar sus caricias y besos. No se detenía, aunque él se lo pidiera, le suplicara. Ni bien supo que había logrado estimularle, con la misma brusquedad anterior, se sentó sobre él dándole la espalda. Se había quitado la ropa interior y con los pies apoyados en el suelo se ayudaba a elevarse y caer sobre el mismo, cabalgándole. Su espalda se arqueaba hacia delante y atrás en un vaivén constante. Sujetándole con sus muslos, para succionar con fuerza hacia arriba y volver. Las intensas sensaciones de dolor se confundían en él con otras placenteras. Todo siguió así hasta que Maruja se lo propuso. La respiración ruda de ella cambió y lentamente comenzó a gemir, en un tono poco audible al principio hasta que concluyó por ser intenso, comenzó a temblar, tanto hasta transmitírselo al chico. Sus movimientos se hicieron cada vez más lentos, suaves, hasta que cesaron, de a poco. El se irguió e intentó abrazarle y ella giró su torso para dejar caer un brazo sobre su pecho, como una caricia.

Con un mohín impensado se levantó y corrió a otra puerta lateral, para volver enseguida e invitarle con agua fría, que él rehusó en principio, pero ella muy afectuosamente le acercó el vaso a la boca. Estaba sentada junto a él, sonriendo, sin decir nada, como disculpándose, mientras le ayudaba a acomodar su ropa.

El chico se puso de pie. Ella al mirarle, luego de ver que aún tenía erección, volvió a reir. El dijo:--- Me voy... y regresó al pasillo. Al llegar a la puerta, observó que tenían igual talla, ella se había descalzado. Con su rostro enrojecido, era más bonita aún, el respirar de ambos continuaba agitado, cuando en el marco de la puerta se despedían. El ---Chau, él lo dijo en la escalera, que bajó a los saltos. Como no había tránsito por Defensa, siguió igual un poco a la carrera por Méjico hasta su casa. Al llegar, escuchó que su madre le decía: ---Lavate las manos. Era la cena.

Nunca más se vieron, sino de lejos con Maruja. El flaco la evitaba, en su interior le temía. Aunque nunca olvidaría lo vivido. Sólo Isabel, le preguntó a los pocos días:--- Cómo te fue?,... él dudó unos instantes sobre el motivo y respondió:---- Empatamos.

Sesenta años después, al concluir una exposición del escritor D. Jorge Bossio en el Salón Alfonsina del Café Tortoni, sobre Metafísica de la Porteñidad, como culminación de las actividades del Ateneo de Estudios Históricos del Tango, D. Luis A. Sierra, que coordinaba aquél flaco, (menos delgado, más alto y naturalmente más viejo) luego de saludar a los asistentes, muchos, se dirigieron hacia las mesas contiguas que están sobre el salón central, donde aguardaban sus amigos "el escocés", Pepe, Gregorio, Gustavo, quizá D. Roberto Fanego y algún otro.
Una pareja elegantemente vestida,ambos de edades equivalentes al flaco, les siguieron hasta allí. (Les atendía Alberto Mansilla, el mozo nativo de Tulumba, norte de Córdoba, donde desfilaba a caballo en las fiestas patrias).
El hombre, de marcado acento español, calvo, regordete, de media talla, más bajo que ella, le espetó:---ŋ Cuándo se reúnen, nos interesa conocer más sobre el tango y obtener material especial?. El flaco les invitó a sentarse, algo que ambos hicieron. En el momento de intercambiar teléfonos, el caballero se disculpó por no traer consigo tarjetas. Fue ntonces, que su esposa argentina, sacó de una preciosa cartera de Gucci, las suyas, donde podía leerse, Maruja Ezquerro Rodríguez, diseñadora de modas. El flaco al ver el nombre, elevó la vista hasta ella, que le sonreía y le respondía la mirada, desde unos ojos verdes claros, hermosos, muy expresivos.

 
Aquí encontrarán una serie de relatos en forma de cuentos basados en hechos o situaciones ocurridos a lo largo de los aņos.
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